pescandoalatardecer
martes, 3 de marzo de 2015
domingo, 25 de enero de 2015
jueves, 9 de octubre de 2014
¿El manual…dónde está el manual?
Si
todo manual intenta de alguna forma condensar algún tipo de información,
haciéndola clara, lo más simple posible, e incluso en varios idiomas. Nos
aporta recomendaciones de uso y de mantenimiento; los más osados hasta nos
advierten de posibles fallas intentando alguna primaria solución. En fin, son
ese tipo de instructivo que acompaña cualquier producto electrónico que compremos… Pero
además los vemos en un sinfín de actividades que intenten darnos un marco
ordenado de cómo debemos proceder frente a distintas situaciones que se puedan
dar.
Son
ese tipo de instrucciones “bien a mano” con que
contamos.
Expresiones
como “de sentido común”, antiguamente daban ese marco lógico del entendimiento,
llevado al diario vivir de los mortales. Todos daban por sentado que esa
expresión resumía un saber amplio, claro y satisfactorio. Aunque en los hechos
fuese después de difícil aplicación. Pero el solo hecho de expresiones como
esta, nos daba la contundencia lingüística de que posteriormente todo se
acomodaría por arte de magia, encajando como piezas de un rompecabezas unas con
otras, armando y componiendo ese paisaje social al cual todos hacían
referencia.
Es
que si existe un sentido en común, posiblemente también exista un no sentido en
común, entonces para quien le toque examinar algo a la luz de este manual,
seguramente se encuentre tirado desde dos ángulos o pulsiones distintas. Y
posiblemente nuestro protagonista no haya tenido en cuenta que ese “objeto
social” llamado sentido común sea también afecto a cambios, variaciones e
incorporaciones de distintos componentes en donde ese sentido común
precisamente sea muy distinto. Lo que seguramente haga más complejo ese
discernimiento.
Posiblemente
este mundo cambiante y móvil, que nos exige actualizar nuestros conocimientos
en función de una carrera mercadotécnica. Se encuentre más a gusto dentro de ámbitos
colectivos muy disímiles pero a su vez cohesionados por un gusto y una
disposición constante a aceptar lo nuevo e incluso ir tras ello como quien
encontrase en ese cambio el simple modo de existir. Entonces en este estado de
cambio y transformación, seducidos psicológicamente por esta idea. ¿Dónde se
instala aquel espacio casi límbico del sentido común? Aquella estéti-ética a
que hacíamos referencia. Hay una fuerza que empuja en estos tiempos (y no son
precisamente a los que hace mención algún pre-candidato), a romper los viejos
moldes, las formas, las estructuras que hacían antaño esa geometría social.
Sé
que hay todavía una parte de esta sociedad que no termina por asimilar esas
diferencias de época. Posiblemente no encuentre más que un desasosiego constante, y le atribuya a todo esto la sola falta de un
orden, de mano dura o firme. Quizás en su diagnóstico les falten datos. No haya
reparado de forma más amplia en los alcances que han tenido estos cambios y que
por alguna razón los haya dejado fuera.
Pero
la realidad que es más persistente, obtusa y hasta implacable con nuestros
esfuerzos por entenderla, nos desafía siempre a la vuelta de la esquina. A
veces se disfraza de humana, se incorpora y toma un rostro. Aquel que tenga
siempre “más a mano”. O sea el “manual humano”.
Tincho.
domingo, 20 de abril de 2014
domingo, 23 de febrero de 2014
El ins-tante (entre todo aparente final y posible comienzo)
Sabido
es que el ciempiés es un ser puntilloso, y lo que más lo abruma es un paso en
falso, ya que para lo que a un simple bípedo seria un tropezón, para él en
cambio es un tropecien. Cosa muy mal vista dentro de la sociedad de los
ciempiés.
La
sociedad de los ciempiés no escapa a cualquier otra sociedad de las que podemos
ver en la naturaleza, con sus órdenes de jerarquías, su separación de tareas
por sexo, su afán clasificatorio y lo que mayor llama la atención es como una
vez que uno ingresa allí, el carácter del grupo termina domesticando los
impulsos.
Uno
aprende a controlarlos y dominarlos (o sea inhibirlos) todo lo que ahí sucede
es como si fuese, pero en realidad no lo es.
Todos juegan su juego y despliegan sus cartas, hacen sus apuestas y
encauzan sus desordenes. Pero la fantasía dura lo que un recreo en la escuela,
suena el timbre y cada uno a su labor, su tarea, su obligación.
Una
fantasía dentro de otra fantasía, parecería ser la posible solución.
Al
poco tiempo de estar entre los suyos, ciempiés comprendió, que mas había
aprendido en compañía de extraños, que en compañía de iguales.
Allí
donde se equilibran las emociones y la cura se cobra una víctima. También se
pierde a un posible combatiente.
La
rebeldía como toda enfermedad se paga en carne propia y deja sus cicatrices, y
también siembra su semilla.
Esta,
es la única que nos augura una esperanza.
La
rebeldía crece a la sombra y en algunas instancias salta sobre sí misma. No se
encauza sino que se auto convoca.
Ella
está siempre atenta y presente.
Así
que ciempiés partió como llegó, a los tropezones, errabundo… vacío y lleno.
Tincho.
martes, 14 de enero de 2014
“Una clara visión”
Nuestro
amigo el ciempiés, que llevaba varios días de vagabundear por los distintos
paisajes, desmenuzando experiencia en experiencia. Los conocimientos iba
acumulando, aprendiendo.
A
cada paso surgía algo novedoso o extraño por el cual sentir que aquello que
llamamos vida encuentre un modo particular de expresarse, de sentir, de
emocionarse.
Este
ser sensible por excelencia, este instrumento musical montado sobre una cadena de
piececillos, este danzarín y equilibrista venido desde algún multiverso.
Había
llegado hasta aquí para compartir su mensaje.
Meditando
colectivamente sobre estos pensamientos, se encontraba nuestro protagonista.
Por
un momento y como una brisa pasó una luciérnaga que en su destello iluminó
aquel torrente de palabras sordas y silenciosas.
Fue
entonces que su cuerpo se partió en fragmentos, sus parte fracturadas se
proyectaron hacia todos los puntos cardinales.
Aquella
imagen desmembrada de sí mismo, como un puzle de piezas desordenadas, hizo que
captara al menos de forma muy breve una fugaz y profética visión.
Se
levantó de aquella piedra en que se encontraba y se puso a caminar con decidida
dirección.
En
su viaje se cruzó con un grupo de saltamontes que se divertían, con sus pasos
tan largos como brincos. Y que lo invitaban a jugar.
El
ciempiés agradeció, pero siguió su marcha.
Al
pasar cerca de la casa del mangangá, escuchó que éste roncaba en lo profundo de
su cueva.
Saludó
a varias coloridas mariposas, y hasta presenció una tromba de hormigas
voladoras.
Y
nada de todo ello, detuvo su camino…
Como
al tercer día después de haber emprendido el viaje, fue que ciempiés divisó el
final de su trayecto.
Otros
grupos de ciempiés por motivos aún inexplicables parecía se habían dado cita
sin aviso previo alguno.
Atraídos
hasta allí al pie de un árbol bajo y tupido, toda una colonia de ciempiés con
algarabía formaba un círculo de pies.
Contento
de encontrar a otros como él, aquello fue una gran conmoción. (Continuará)
Tincho.
lunes, 6 de enero de 2014
Un alto en el camino…
En
poco rato mas estará lloviendo (sentenció ciempiés) y apresuró su paso.
Había
un frenético transitar de un lado a otro.
El
aire, cargado de electricidad se encargaba de transmitir a las plantas y a los
animales el tan anunciado pronóstico.
Ciempiés
buscó refugio en un lugar un poco más alto de lo normal.
Mientras
trepaba por el tallo de una enredadera, advirtió que un caracol iba también
subiendo en su misma dirección. Sin otra sujeción que el de su vientre húmedo
aquel curioso animal podía anticiparse siempre, pese a la lentitud de sus movimientos.
Como
si en aquel cuerpo blando y amorfo el tiempo guardara sus secretos, en suaves
movimientos de estiramiento y de compresión marchando en un lento tic tac.
Ciempiés,
que no perdía oportunidad de entablar un trato amistoso, le preguntó si
necesitaba de alguna cosa…
El
caracol sorprendido con aquel gesto, amarró bien fuerte su caparazón al tronco
y viendo que empezaba a gotear, lo invitó a entrar en su casa.
Ciempiés
nunca había estado en un lugar tan a gusto.
Aquella
forma de espiral y el material con el que se había construido, la hacían no
solo resistente sino además, parecía pensada y hecha con exquisito gusto y
sabiduría.
Se
contaron mutuamente historias, compartieron algunas hojas frescas, y para
cuando el sol volvió a salir, había quedado entre ellos una fuerte amistad.
Se
saludaron y siguieron cada uno por su camino…
Tincho.
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