En
poco rato mas estará lloviendo (sentenció ciempiés) y apresuró su paso.
Había
un frenético transitar de un lado a otro.
El
aire, cargado de electricidad se encargaba de transmitir a las plantas y a los
animales el tan anunciado pronóstico.
Ciempiés
buscó refugio en un lugar un poco más alto de lo normal.
Mientras
trepaba por el tallo de una enredadera, advirtió que un caracol iba también
subiendo en su misma dirección. Sin otra sujeción que el de su vientre húmedo
aquel curioso animal podía anticiparse siempre, pese a la lentitud de sus movimientos.
Como
si en aquel cuerpo blando y amorfo el tiempo guardara sus secretos, en suaves
movimientos de estiramiento y de compresión marchando en un lento tic tac.
Ciempiés,
que no perdía oportunidad de entablar un trato amistoso, le preguntó si
necesitaba de alguna cosa…
El
caracol sorprendido con aquel gesto, amarró bien fuerte su caparazón al tronco
y viendo que empezaba a gotear, lo invitó a entrar en su casa.
Ciempiés
nunca había estado en un lugar tan a gusto.
Aquella
forma de espiral y el material con el que se había construido, la hacían no
solo resistente sino además, parecía pensada y hecha con exquisito gusto y
sabiduría.
Se
contaron mutuamente historias, compartieron algunas hojas frescas, y para
cuando el sol volvió a salir, había quedado entre ellos una fuerte amistad.
Se
saludaron y siguieron cada uno por su camino…
Tincho.
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