Sabido
es que el ciempiés es un ser puntilloso, y lo que más lo abruma es un paso en
falso, ya que para lo que a un simple bípedo seria un tropezón, para él en
cambio es un tropecien. Cosa muy mal vista dentro de la sociedad de los
ciempiés.
La
sociedad de los ciempiés no escapa a cualquier otra sociedad de las que podemos
ver en la naturaleza, con sus órdenes de jerarquías, su separación de tareas
por sexo, su afán clasificatorio y lo que mayor llama la atención es como una
vez que uno ingresa allí, el carácter del grupo termina domesticando los
impulsos.
Uno
aprende a controlarlos y dominarlos (o sea inhibirlos) todo lo que ahí sucede
es como si fuese, pero en realidad no lo es.
Todos juegan su juego y despliegan sus cartas, hacen sus apuestas y
encauzan sus desordenes. Pero la fantasía dura lo que un recreo en la escuela,
suena el timbre y cada uno a su labor, su tarea, su obligación.
Una
fantasía dentro de otra fantasía, parecería ser la posible solución.
Al
poco tiempo de estar entre los suyos, ciempiés comprendió, que mas había
aprendido en compañía de extraños, que en compañía de iguales.
Allí
donde se equilibran las emociones y la cura se cobra una víctima. También se
pierde a un posible combatiente.
La
rebeldía como toda enfermedad se paga en carne propia y deja sus cicatrices, y
también siembra su semilla.
Esta,
es la única que nos augura una esperanza.
La
rebeldía crece a la sombra y en algunas instancias salta sobre sí misma. No se
encauza sino que se auto convoca.
Ella
está siempre atenta y presente.
Así
que ciempiés partió como llegó, a los tropezones, errabundo… vacío y lleno.
Tincho.
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