sábado, 4 de enero de 2014

La rana y el ciempiés


Una tarde de aquellas de mucho calor, como las que acontecían por estos meses de verano.

Salió ciempiés en busca de un lugar fresco y sombreado.

Fue casi por sorpresa después de recorrer una enorme roca, cubierta por una piel verdosa y áspera, que se encontró  con un ancho espejo de agua cristalina.

Se acercó hasta el borde y pudo ver por primera vez el reflejo de su cuerpo entero.

No lo conocía en su totalidad, ni tampoco había encontrado otro ser parecido a él.

Fue entonces que una rana que chapoteaba en el agua lo vio y en un par de brazadas llegó hasta donde él estaba.

Mirándolo con esa forma serena y paciente, se quedó pensativa interrogándolo.

De aquella boca tan grande y de su lengua aún más larga, fueron saliendo algunas palabras algo entre cortadas, mientras hinchaba con aire su papada.

_ ¿No conoces el agua? ¿Nunca has flotado en ella? (le preguntó la rana, sin pestañar).

_ No. Dijo ciempiés. Y tú ¿Cómo es que haces para estar tanto tiempo flotando?

_ Yo… siempre he estado aquí. Nací aquí de un huevo muy pequeño, fui renacuajo y hoy ya adulta disfruto de la tierra y del agua por igual.

_ Yo en cambio dijo ciempiés soy de la tierra, me gusta su olor, su humedad.

Y a donde voy, llevo música en mis pies.

Y con las primeras notas, la rana emocionada soltó su canto. Y se cuenta que hasta un grupo de grillos frotaron sus patas sumando su música al de aquella melodía.

Tincho.  

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