Una
tarde de aquellas de mucho calor, como las que acontecían por estos meses de
verano.
Salió
ciempiés en busca de un lugar fresco y sombreado.
Fue
casi por sorpresa después de recorrer una enorme roca, cubierta por una piel
verdosa y áspera, que se encontró con un
ancho espejo de agua cristalina.
Se
acercó hasta el borde y pudo ver por primera vez el reflejo de su cuerpo
entero.
No
lo conocía en su totalidad, ni tampoco había encontrado otro ser parecido a él.
Fue
entonces que una rana que chapoteaba en el agua lo vio y en un par de brazadas
llegó hasta donde él estaba.
Mirándolo
con esa forma serena y paciente, se quedó pensativa interrogándolo.
De
aquella boca tan grande y de su lengua aún más larga, fueron saliendo algunas
palabras algo entre cortadas, mientras hinchaba con aire su papada.
_
¿No conoces el agua? ¿Nunca has flotado en ella? (le preguntó la rana, sin
pestañar).
_
No. Dijo ciempiés. Y tú ¿Cómo es que haces para estar tanto tiempo flotando?
_
Yo… siempre he estado aquí. Nací aquí de un huevo muy pequeño, fui renacuajo y
hoy ya adulta disfruto de la tierra y del agua por igual.
_
Yo en cambio dijo ciempiés soy de la tierra, me gusta su olor, su humedad.
Y
a donde voy, llevo música en mis pies.
Y
con las primeras notas, la rana emocionada soltó su canto. Y se cuenta que
hasta un grupo de grillos frotaron sus patas sumando su música al de aquella
melodía.
Tincho.
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