Nuestro
amigo el ciempiés, que llevaba varios días de vagabundear por los distintos
paisajes, desmenuzando experiencia en experiencia. Los conocimientos iba
acumulando, aprendiendo.
A
cada paso surgía algo novedoso o extraño por el cual sentir que aquello que
llamamos vida encuentre un modo particular de expresarse, de sentir, de
emocionarse.
Este
ser sensible por excelencia, este instrumento musical montado sobre una cadena de
piececillos, este danzarín y equilibrista venido desde algún multiverso.
Había
llegado hasta aquí para compartir su mensaje.
Meditando
colectivamente sobre estos pensamientos, se encontraba nuestro protagonista.
Por
un momento y como una brisa pasó una luciérnaga que en su destello iluminó
aquel torrente de palabras sordas y silenciosas.
Fue
entonces que su cuerpo se partió en fragmentos, sus parte fracturadas se
proyectaron hacia todos los puntos cardinales.
Aquella
imagen desmembrada de sí mismo, como un puzle de piezas desordenadas, hizo que
captara al menos de forma muy breve una fugaz y profética visión.
Se
levantó de aquella piedra en que se encontraba y se puso a caminar con decidida
dirección.
En
su viaje se cruzó con un grupo de saltamontes que se divertían, con sus pasos
tan largos como brincos. Y que lo invitaban a jugar.
El
ciempiés agradeció, pero siguió su marcha.
Al
pasar cerca de la casa del mangangá, escuchó que éste roncaba en lo profundo de
su cueva.
Saludó
a varias coloridas mariposas, y hasta presenció una tromba de hormigas
voladoras.
Y
nada de todo ello, detuvo su camino…
Como
al tercer día después de haber emprendido el viaje, fue que ciempiés divisó el
final de su trayecto.
Otros
grupos de ciempiés por motivos aún inexplicables parecía se habían dado cita
sin aviso previo alguno.
Atraídos
hasta allí al pie de un árbol bajo y tupido, toda una colonia de ciempiés con
algarabía formaba un círculo de pies.
Contento
de encontrar a otros como él, aquello fue una gran conmoción. (Continuará)
Tincho.
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