Sin
guarida aún, anduvo ciempiés varios días recorriendo por el lugar en busca de
alimento. Registrando a su paso
preferiblemente los lugares húmedos y oscuros. Hurgando en las cortezas de los
árboles y debajo de piedras, en troncos ya podridos y en la maleza espesa. Como
no sabía aún de los peligros, andaba con cautela durante el día y
preferiblemente utilizaba la noche en sus recorridos.
Ciempiés
tenía una excelente visión nocturna y además todo su cuerpo era un buen sensor de
movimiento. Captaba la más pequeña alteración del entorno.
Una
noche de luna llena, encontró en su camino una hermosa planta que bailaba
temblorosa. En sus hebras, podían verse cual carteles luminosos los reflejos de
aquella noche tan clara.
Se
acercó atraída por aquella especie de fascinación.
En
pocos segundos una polilla nocturna que daba todo tipo de acrobacias en el
aire, acertó en medio de aquella hoja. Y quedó como pegada, temblando también.
Tan
aprisa como un rayo, alguien se lanzó sobre ella y aprestó envolverla y
cubrirla con una fina cuerda.
El
ciempiés protestó, levantó sus patas delanteras, pero ya era tarde… Comprendió
que debía compartir territorio y que poco había que fiarse de aquella tejedora,
que iba colgando señuelos por aquí y por allí, con eficaz estrategia.
Tincho.
muy bueno!! lindo aprendisaje el compartir espacios!!
ResponderEliminar