Tomé
la mochila, el cuaderno de apuntes, la grabadora. Prendí la moto, no antes
después de varios intentos fallidos.
Hacia
mucho que había aprendido a respetar
“los momentos” y con ella era así. Y en el fondo hasta le gustaba.
Cedía
antes sus caprichos. Tenía varios rituales instalados en el juego.
Estaba
ya en camino a la casa de “el capincho”, así le decían. Obedecía su apodo
quizás a su aspecto arisco y un poco hostil, o la forma de su barba y pelo,
dura y gruesa como el pelaje de ese animal. No lo sabia, pero así lo llamaban.
Vivía
cerca del arroyo, tenía un bote con el cual hacia sus paseos por el mismo. Se
lo veía siempre solo y parece que había encontrado en lo más agreste del monte,
alguna especie de refugio secreto o lugar en donde pasaba entretenido decía “en
compañía de mi mismo” y ahí terminaba la frase. Como si con ello recreara en su
mente alguna especie de combinación secreta como a la manera de “abra cadabra”
o por el estilo.
Yo
estaba haciendo un “trabajo de campo” como le dicen en la jerga. Investigando
por alguna especie de impulso propio, costumbres en la vida de las personas y
su relación con aquel curso de agua llamado entre los lugareños “el arroyo” así
a secas.
Este
personaje sin duda era un buen punto de comienzo, en la intrincada urdimbre de
las relaciones sociales.
Él
había accedido a mi entrevista si yo accedía a remontar con él en su bote por
aquel curso de agua que iba serpenteando entre lo intrincado del monte y por
momentos, se abría a lugares mas amplios, donde se veían algunos novillos
pastando con su rumiante mirada.
Debo
reconocer, que hacia mucho tenia en mente hacer aquel paseo y por algún motivo
se había ido aplazando.
Así
que ahora me encontraba disfrutando doblemente del mismo.
Comenzamos
a subir el arroyo o sea a remar en contra de la corriente.
El
paisaje comenzó a cambiar en forma abrupta y pasamos por alguno de aquellos
quiebres del arroyo, a estar en un lugar que ni el mas arriesgado en la
imaginación, podía haber imaginado.
Cruzamos
como a unos escasos siete metros a un grupo de personas que estaban absortas en
alguna tarea como de pesca. También se veía un poco mas lejos un grupo de niños
pequeños jugando, (a juzgar por sus risas y la forma amistosa en que se
entretenían).
El
capincho giró su rostro y con un ademán lento de la mano manifestó un gesto de
saludo. Que le fue correspondido por los hombres que estaban inmóviles a un
costado del arroyo.
Me
olvidé de comentar que estas personas, no eran unos de esos tours que se
organizan en semana de turismo. De carpa, caña de pescar y radio grabador. No,
eran unos seres de piel oscura, tostada por el frio y el sol.
Estaban casi desnudos, el pelo negro y duro,
desprolijo también. Pero había algo en sus ojos que transmitía tranquilidad. Cierto
aire de respeto también y un profundo sentimiento de sentirse unido
indescifrablemente al lugar.
Algo
que venia no de sus cuerpos, sino más bien de todo el conjunto. Cuerpo y
paisaje, paisaje y cuerpo componían una forma única de expresión.
Dejamos
atrás aquel suceso y seguimos remontando el arroyo, o sea “remando contra la
corriente”.
Aún
estaba shockeado con lo ocurrido y apenas habíamos cruzado un par de palabras
con “el capincho”. Fue cuando me acordé del propósito del encuentro, busqué con
mi mano en el bolso la grabadora y en ese momento también descarté el uso de la
misma.
Me
dije para mis adentros. Si realmente me estaba dejando llevar en el bote, pues
entonces que la entrevista se diera en los mismos términos.
Ni
grabador, ni palabras que interrumpieran, solo calma, tranquilidad y que
“sucediera lo que tenia que suceder”. Y advertí para mis adentros un parentesco
de aquella expresión con lo dicho por el capincho. “en compañía de mi mismo”
¿Estaría ocurriendo algo imperceptible aún a los sentidos?
¿Estaríamos
entrando en algún subterfugio de la comunicación?
¡Nada
de juegos de la cabecita! Me dije… Deja la atención que se pose sola. Que como
los niños encuentre el camino más directo al disfrute.
Mientras…
seguíamos ascendiendo.
Sé
que el lector va a decir “pará loco, no me verses mas”. Pero, yo tengo que ser
sincero con mi experiencia, con lo que me ocurrió. No lo sería si guardo algo
de lo sucedido para mí, ¡por miedo! O que se yo, a que los demás crean que soy
fantasioso. O que estaba alucinado… ¡no me importa! Dije… y advertí que ya
estaba hablando con migo mismo.
¡La
pucha! Dije… ¿será algo contagioso?
-¡Llegamos!
Dijo el capincho y aparcamos en un lugar desde donde se veía un sendero que se
metía dentro del monte.
-¿A
dónde? Pregunté.
-Solo
tenemos que esperar. Dijo y se puso a armar un pitillo con el tabaco y unas
hojillas.
-¿Querés,
me preguntó? Y estiró la mano…
-¡No!
le dije…gracias. Y me contuve de explicarle lo malo del tabaco y esas cosas que
uno dice. Pero que alguien ya puso por nosotros las palabras adecuadas en
nuestra boca.
-¿Y
vos que crees? Me preguntó el capincho.
-¡Qué
se yo! Le dije. A esta altura, ¡qué es lo que creo y lo que no!
Y
lo miré, advirtiendo que él no me había realizado ninguna pregunta. La pregunta
había salido. Pero no sabía si de él, o de mi mismo.
Me
quedé mascando un pastito. Esperando igual que él, a que pasara algo.
Se
escucharon pasos que venían por el sendero.
De
entre las ramas apareció una figura de estatura mediana y de aspecto cuidado. Lucia
un uniforme azul pardo, botas y poncho.
-¿Buenas?...
dijo y miró en mi dirección algo sorprendido.
-¡Es
de los nuestros! Dijo el capincho.
Extendió
su mano hacia mí, y yo le correspondí.
Era
una mano grande y firme.
Se
retiraron a un costado del sendero y agudicé mi oído para escuchar lo que
aquellas dos personas hablaban.
Con
gestos preocupados hablaban de “los portugueses” como si fuese un grupo o
gavilla de ladrones o que se yo.
Escuché
la palabra revolución o algo parecido y habló de un campamento que no logré
entender bien.
Después
se distendieron, se saludaron con respeto y con la mano en alto y un gesto de
la cabeza se despidió de mí.
Desapareció
por el mismo sendero que había aparecido.
Volvimos
despacio, en silencio. Y ahora si “a favor de la corriente”
Nos
despedimos en el mismo lugar que nos habíamos encontrado.
-Guiñó
un ojo y dijo “suerte con ese trabajo”
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