El
término egoísmo hace referencia al amor excesivo e inmoderado que una persona
siente sobre si misma y que le hace atender desmedidamente su propio interés. Rige
sus actos de acuerdo a su absoluta conveniencia.
Sólo
cuando desaparece el ego y surge la
conciencia podemos pensar en el corazón.
La
persona egoísta esta castrado en si misma y vive en un mundo cerrado.
El
egoísmo es diferente al amor propio, que es
necesario y saludable, porque el egoísta no siente amor hacia su persona
sino desprecio y quiere todo para él porque se siente miserable y vacío.
La
diferencia entre el amor propio y el egoísmo es que mientras el primero es el
sentimiento de respeto por uno mismo, que no puede ceder su propio espacio, el
segundo es la pretensión de utilizar a los otros para su propio beneficio,
manipulándolos como objetos.
Buda
decía que si la gente no se odiaría tanto a si misma, habría menos sufrimiento
en el mundo, porque el odio hacia “si mismo” se proyecta con agresividad y
violencia.
El
ser humano egoísta está solo y aislado, por eso trata de llenar su vida con
objetos. Su personalidad puede ser depresiva con rasgos obsesivos.
El
egoísta se va quedando solo por elección, porque es incapaz de compartir nada.
El
egoísta según FREUD, o avaro, tiene un trauma en la etapa sádico-anal.
La
fijación en esa etapa produce un modo de relación sadomasoquista y un apego
desmedido por el dinero (símbolo de las heces) del cual no quiere desprenderse,
por placer, recreando el mismo placer infantil que le producía la contención de
las heces.
El
egoísta persigue sus metas personales menospreciando la comunidad de la que
forma parte.
El
egoísta parte del principio de que sus opiniones e intereses son mas
importantes que los del resto de los mortales. No se siente
culpable por ello, sino que considera que eso es lo que debe hacerse y
en definitiva, lo que todos deberían hacer.
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