Cuenta
la leyenda que un día… el ser creador tomó varios hombres, y con el barro de
sus cuerpos sopló sobre ellos y dio vida a un ciempiés.
Ciempiés
partió despacio, tastabillando, en movimientos torpes.
Corcovando
el paisaje.
Por
el arenal quedaron las huellas de su desacompasado serpenteo.
¿Cómo
se puede ordenar sincrónicamente tantos pies? Se preguntaba aquel curioso ser.
Cuando
doblaba de forma muy pronunciada, a veces quedaba esperando… con miedo de que
parte de su esquelético cuerpo, pudiese seguir otro rumbo.
Ciempiés
halló en su camino una larga fila de hormigas, observó que llevaban pedacitos
de algún vegetal, y que con sus antenas se frotaban cuando se enfrentaban con
otra que venía en sentido contrario.
Dos
ríos de hormigas corriendo. Así que tomó de aquel suceso su aprendizaje y
enseguida se puso en marcha.
Primero
todas a la vez las patas del lado derecho y después todas las del lado
izquierdo.
Un,
dos. Un, dos. Un, dos… y salió en un gracioso balanceo.
A
la hora de la siesta mientras dormitaba. Vio que del cielo llegaban en grandes
cantidades curiosos animales que iban registrando todas las flores, extrayendo
de ellas su polen.
Aquel
sonido producido por el vibrar de sus alas, daba al conjunto el aire de un
mantra.
Cuando
despertó, había hallado en sueños la solución. A cada pie un sonido particular,
y al conjunto, su melodía armónica.
Serian como las teclas de un piano golpeando
en el suelo su nota. Y la partitura se llamaría “andando”.
Así
fue que ciempiés encontró su música. Pero, faltaban aun otras sorpresas por
llegar… (Continuará)
Tincho.
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