miércoles, 13 de febrero de 2013

Instantánea


No sé si existe un nombre para esta enfermedad que llevo como una espada de Damocles.

Sé que no  hay otros ejemplos en el mundo y la ciencia ha tomado mi caso más por curiosidad o rareza que por humanismo.

Lo cierto es que un día, como cualquier otro el tiempo se detuvo. O sea, mis ojos dejaron de percibir el movimiento. Y el último fotograma de mi retina quedó congelado para siempre en una instantánea foto eléctrica, que no logro borrar de mi vista. Ciego al mundo a partir de ese momento quedé para siempre, en una única imagen.

Desde ahí hasta hoy han pasado por mi vida, oftalmólogos, psicólogos, especialistas de todo pelo, controles, exámenes y estudios de toda índole.

Pero lo cierto es que la ciencia antes de darse por vencida inventó un nombre y una nueva rama para su incorporación al campo clínico.

Y debido a su rareza no escatimó tampoco en el nombre dado a la misma, “esclerosis retino temporal” o más comúnmente como “síndrome del ojo duro”.

Lo cierto es que en esta larga espera de convalecencia, he tenido que al igual que los ciegos aprender a moverme sin el uso de este recurso sensorial. Pero a diferencia de ellos yo guardo una única imagen que me fue dado fijar y en la cual recorro como a manera de una vieja instantánea  sepia, los distintos objetos que ahí por azar o por otros motivos quedaron impresos para siempre sin que el tiempo pueda hacer en ellos la menor mella.

Tincho.

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