miércoles, 2 de enero de 2013

JUZGADO


La escalera tiene exactamente veintidós escalones.

Los rasgados ojos de un niño persiguiendo geométricas señales en la diminuta pantalla de un juego electrónico.

Pequeños paseos sobre el frío piso de baldosa.

Delgados hombres y rústicas mujeres llevan su oficio por los pasillos, esperando una respuesta.

El rítmico sonido de una perseverante máquina de escribir, deduce cada tanto los suspiros de su dueño.

Pequeños pocillos de café resistiendo el olvido: agotadas neuronas en suspenso.

El estrado del miedo es un abismo agarrándose en el borde de la fe. Nadie está a salvo.

Sus vecinos los mirarán con mala cara. Pintarán su casa con espejos.

Su honra tendrá para siempre el tamaño de la duda y un solo pilar: su vida.

Deambularán por la calle, taciturnos, en un estrépito de voces huecas.

El bullicio se paraliza un instante. Sólo un susurro penitente esperando su condena.

Bajo solemnes cuadros se declara la justicia. Pero las palabras huelen a eufemismos, a paradojas, a excusas en silencio. Es el estilo.

Al final no habrá ni jueces ni verdugos. Sólo una mancha en un papel fundido. Y escarmiento.

Con manos grises se espera la sentencia. Como el peso del pasado o de los gritos. Con la clara sensación que en el cadalso, todos los muros ocultan primavera.

 
                                                               Bachicha

 

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