La escalera tiene
exactamente veintidós escalones.
Los rasgados ojos de un
niño persiguiendo geométricas señales en la diminuta pantalla de un juego
electrónico.
Pequeños paseos sobre el
frío piso de baldosa.
Delgados hombres y
rústicas mujeres llevan su oficio por los pasillos, esperando una respuesta.
El rítmico sonido de una
perseverante máquina de escribir, deduce cada tanto los suspiros de su dueño.
Pequeños pocillos de café
resistiendo el olvido: agotadas neuronas en suspenso.
El estrado del miedo es un
abismo agarrándose en el borde de la fe. Nadie está a salvo.
Sus vecinos los mirarán
con mala cara. Pintarán su casa con espejos.
Su honra tendrá para
siempre el tamaño de la duda y un solo pilar: su vida.
Deambularán por la calle,
taciturnos, en un estrépito de voces huecas.
El bullicio se paraliza un
instante. Sólo un susurro penitente esperando su condena.
Bajo solemnes cuadros se
declara la justicia. Pero las palabras huelen a eufemismos, a paradojas, a
excusas en silencio. Es el estilo.
Al final no habrá ni
jueces ni verdugos. Sólo una mancha en un papel fundido. Y escarmiento.
Con manos grises se espera
la sentencia. Como el peso del pasado o de los gritos. Con la clara sensación
que en el cadalso, todos los muros ocultan primavera.
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