Nunca
había imaginado la posibilidad de convivir con una fiera dentro de una jaula o
cárcel. Pero a menudo el zoológico nos provoca y nos aflige en la misma forma
que nos tranquiliza; el hecho de que nos separa una sucesión de barrotes de
hierro, que se interponen entre ambos.
Así fue
como advertí en un breve rápido paneo, que el destino me había colocado dentro
de esos barrotes. Y que para mi pesar, con quienes compartía aquel lugar no
eran seres con quienes compadecernos por una desgracia sino que dentro de aquellos
límites impuestos se libraba una batalla por la sobrevivencia.
Establecer
esos límites no solo físicos, es parte de la pelea.
Los
peligros se expresan en forma clara y contundente. Y nuestro oponente no
permite esa debilidad. Admitirla es bajar los brazos ante la lucha, el alarido,
el grito como expresión última de la afirmación.
A menudo,
uno, no entiende su historia hasta que casi como una descarga eléctrica toda
esa información se cuela y nos aguijonea por todos lados.
Todo estaba
ahí, y la realidad se expresaba en forma cruda, sin filtros, sin conceptos, sin
palabras.
Nuestra
fiera, que se mueve y se retuerce y trota merodeadora, o se despliega en sus
alas en un vuelo alto y siniestro. Sólo es contenida por la esperanza y la
fuerza, de que este vestido antropomórfico, advierta la verdad transformadora y
su responsabilidad de ser, su sentido, su llamado, su convocatoria, al tiempo
que nos acorrala y nos aprisiona.
Saltar
sobre nuestros propios pensamientos se vuelve urgente.
Alertar a
nuestra conciencia del juego perverso del desdoblamiento, se hace necesario.
Y la
pregunta se repite.
De dónde,
quién y a dónde.
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