martes, 14 de enero de 2014

“Una clara visión”


Nuestro amigo el ciempiés, que llevaba varios días de vagabundear por los distintos paisajes, desmenuzando experiencia en experiencia. Los conocimientos iba acumulando, aprendiendo.

A cada paso surgía algo novedoso o extraño por el cual sentir que aquello que llamamos vida encuentre un modo particular de expresarse, de sentir, de emocionarse.

Este ser sensible por excelencia, este instrumento musical montado sobre una cadena de piececillos, este danzarín y equilibrista venido desde algún multiverso.

Había llegado hasta aquí para compartir su mensaje.

Meditando colectivamente sobre estos pensamientos, se encontraba nuestro protagonista.

Por un momento y como una brisa pasó una luciérnaga que en su destello iluminó aquel torrente de palabras sordas y silenciosas.

Fue entonces que su cuerpo se partió en fragmentos, sus parte fracturadas se proyectaron hacia todos los puntos cardinales.

Aquella imagen desmembrada de sí mismo, como un puzle de piezas desordenadas, hizo que captara al menos de forma muy breve una fugaz y profética visión.

Se levantó de aquella piedra en que se encontraba y se puso a caminar con decidida dirección.

En su viaje se cruzó con un grupo de saltamontes que se divertían, con sus pasos tan largos como brincos. Y que lo invitaban a jugar.

El ciempiés agradeció, pero siguió su marcha.

Al pasar cerca de la casa del mangangá, escuchó que éste roncaba en lo profundo de su cueva.

Saludó a varias coloridas mariposas, y hasta presenció una tromba de hormigas voladoras.

Y nada de todo ello, detuvo su camino…

Como al tercer día después de haber emprendido el viaje, fue que ciempiés divisó el final de su trayecto.

Otros grupos de ciempiés por motivos aún inexplicables parecía se habían dado cita sin aviso previo alguno.

Atraídos hasta allí al pie de un árbol bajo y tupido, toda una colonia de ciempiés con algarabía formaba un círculo de pies.

Contento de encontrar a otros como él, aquello fue una gran conmoción. (Continuará)

Tincho.

 

 

lunes, 6 de enero de 2014

Un alto en el camino…


En poco rato mas estará lloviendo (sentenció ciempiés) y apresuró su paso.

Había un frenético transitar de un lado a otro.

El aire, cargado de electricidad se encargaba de transmitir a las plantas y a los animales el tan anunciado pronóstico.

Ciempiés buscó refugio en un lugar un poco más alto de lo normal.

Mientras trepaba por el tallo de una enredadera, advirtió que un caracol iba también subiendo en su misma dirección. Sin otra sujeción que el de su vientre húmedo aquel curioso animal podía anticiparse siempre, pese a la lentitud de  sus movimientos.

Como si en aquel cuerpo blando y amorfo el tiempo guardara sus secretos, en suaves movimientos de estiramiento y de compresión marchando en un lento tic tac.

Ciempiés, que no perdía oportunidad de entablar un trato amistoso, le preguntó si necesitaba de alguna cosa…

El caracol sorprendido con aquel gesto, amarró bien fuerte su caparazón al tronco y viendo que empezaba a gotear, lo invitó a entrar en su casa.

Ciempiés nunca había estado en un lugar tan a gusto.

Aquella forma de espiral y el material con el que se había construido, la hacían no solo resistente sino además, parecía pensada y hecha con exquisito gusto y sabiduría.

Se contaron mutuamente historias, compartieron algunas hojas frescas, y para cuando el sol volvió a salir, había quedado entre ellos una fuerte amistad.

Se saludaron y siguieron cada uno por su camino…

Tincho.

sábado, 4 de enero de 2014

La rana y el ciempiés


Una tarde de aquellas de mucho calor, como las que acontecían por estos meses de verano.

Salió ciempiés en busca de un lugar fresco y sombreado.

Fue casi por sorpresa después de recorrer una enorme roca, cubierta por una piel verdosa y áspera, que se encontró  con un ancho espejo de agua cristalina.

Se acercó hasta el borde y pudo ver por primera vez el reflejo de su cuerpo entero.

No lo conocía en su totalidad, ni tampoco había encontrado otro ser parecido a él.

Fue entonces que una rana que chapoteaba en el agua lo vio y en un par de brazadas llegó hasta donde él estaba.

Mirándolo con esa forma serena y paciente, se quedó pensativa interrogándolo.

De aquella boca tan grande y de su lengua aún más larga, fueron saliendo algunas palabras algo entre cortadas, mientras hinchaba con aire su papada.

_ ¿No conoces el agua? ¿Nunca has flotado en ella? (le preguntó la rana, sin pestañar).

_ No. Dijo ciempiés. Y tú ¿Cómo es que haces para estar tanto tiempo flotando?

_ Yo… siempre he estado aquí. Nací aquí de un huevo muy pequeño, fui renacuajo y hoy ya adulta disfruto de la tierra y del agua por igual.

_ Yo en cambio dijo ciempiés soy de la tierra, me gusta su olor, su humedad.

Y a donde voy, llevo música en mis pies.

Y con las primeras notas, la rana emocionada soltó su canto. Y se cuenta que hasta un grupo de grillos frotaron sus patas sumando su música al de aquella melodía.

Tincho.