No
sé si existe un nombre para esta enfermedad que llevo como una espada de
Damocles.
Sé
que no hay otros ejemplos en el mundo y
la ciencia ha tomado mi caso más por curiosidad o rareza que por humanismo.
Lo
cierto es que un día, como cualquier otro el tiempo se detuvo. O sea, mis ojos
dejaron de percibir el movimiento. Y el último fotograma de mi retina quedó
congelado para siempre en una instantánea foto eléctrica, que no logro borrar
de mi vista. Ciego al mundo a partir de ese momento quedé para siempre, en una
única imagen.
Desde
ahí hasta hoy han pasado por mi vida, oftalmólogos, psicólogos, especialistas
de todo pelo, controles, exámenes y estudios de toda índole.
Pero
lo cierto es que la ciencia antes de darse por vencida inventó un nombre y una
nueva rama para su incorporación al campo clínico.
Y
debido a su rareza no escatimó tampoco en el nombre dado a la misma,
“esclerosis retino temporal” o más comúnmente como “síndrome del ojo duro”.
Lo
cierto es que en esta larga espera de convalecencia, he tenido que al igual que
los ciegos aprender a moverme sin el uso de este recurso sensorial. Pero a
diferencia de ellos yo guardo una única imagen que me fue dado fijar y en la
cual recorro como a manera de una vieja instantánea sepia, los distintos objetos que ahí por azar
o por otros motivos quedaron impresos para siempre sin que el tiempo pueda
hacer en ellos la menor mella.
Tincho.
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