Cada
noche, en el pueblo de Nista, la gente se reunía a compartir sus relatos.
Hombres y mujeres, ancianos de largas barbas, al culminar sus tareas, formaban
una ronda para que todos pudieran escucharse. Los niños iban y venían con sus
huesos y sus bolitas, sus gritos y sus muñecos de trapo, y solían integrarse
sólo cuando algo les llamaba la atención.
Así
transcurrían los días en Nista. El sol iluminaba el trabajo y el aceite
encendido, la fantasía.
A
veces, la señora Agatha tenía que cuidar a su bebé, o el señor Ramírez terminar
de arreglar su sillón o su linterna, por lo que debían quedarse en casa. En
esos casos siempre había alguien al día siguiente dispuesto a acercarse a los
ausentes para recrearles los cuentos más jugosos. Y realmente los recreaban,
porque a los originales, les gustaba agregar algo de sus propios sueños.
Nista
se fue llenando entonces de creadores que en cualquier esquina eran capaces de
inventar alguna historia para entretener a los amigos, a los niños, a los
forasteros, quienes enterados de las cualidades de estas gentes, comenzaron a
frecuentar el pueblo. Cada día los habitantes de la región se despertaban
ansiosos de nuevas aventuras y al caer el sol, aunque algo agotados de sus
tareas diarias, volvían a la plaza con la misma inquietud del día anterior.
Lo
más hermoso era que jamás quedaban insatisfechos. Pues efectivamente, si a
alguien no le conformaba el cuento anterior, no tenían más que pedir la palabra
e inventar el propio.
Así
era la vida en Nista.
Un
día como cualquier otro, Pipo, el hijo del viejo Ruano, empezó a integrarse a
aquellas rondas. El joven, que había abandonado hacía algún tiempo la casa
paterna para irse a vivir al bosque, se sentaba junto a sus mejores amigos y,
como solía hacer desde niño, escuchaba atentamente. Escuchaba y tomaba café.
Eso hacía Pipo cada noche.
Hasta
que una vez se decidió a hablar. Pero en lugar de cuentos, Pipo se dedicó a
relatar las cosas que veía en el bosque y las novedades de la casa que estaba
haciendo. Esas eran sus historias. Un día imitaba el sonido de un pájaro, al
que le había puesto su propio nombre, otro día corría como los osos y otro, les
confiaba de qué manera había elegido la orientación que tendría la casa.
Sus
relatos siempre eran sorprendentes, porque aunque no hablaban más que del
bosque o de la casa, todos empezaron a descubrir los infinitos detalles que
puede poseer cada cosa. Y así las puertas tienen sus pestillos, sus bisagras,
sus cantos, sus maderas, y cada parte viene a su vez de una familia, de su propia
fábrica. Y además, cuando esos pedacitos se reúnen pueden sonar, verse o
utilizarse de forma diferente.
Algunos
hombres, que ya sabían todas esas cuestiones o creían que las sabían, empezaron
a aburrirse y a comportarse como niños, yendo y viniendo de aquí para allá.
Mientras que los niños, ansiosos por conocer los secretos que Pipo iba
descubriendo, le pedían más y más. Y el muchacho no hacía otra cosa que
complacerlos, porque a él también le gustaba ordenar sus pensamientos y sus
experiencias.
Cada
día creaba un nuevo rincón. Llegó un momento en que ya no sabía si lo hacía
porque le servía o por su propio gusto, o simplemente para satisfacer la
curiosidad de sus oyentes. Extraños artefactos, techos inclinados, raras formas
acanaladas, exóticas maderas o pinturas. Su día era sencillo. Por la mañana
salía a procurarse el alimento, cazando, pescando o simplemente recolectando
frutos, a los que examinaba exhaustivamente. Por la tarde a construir (salvo
los lunes en que se dedicaba a observar la naturaleza) y a la noche o iba al pueblo,
o si estaba muy cansado se tiraba a dormir a pata suelta.
Pero
así son las cosas y una vez Pipo se empezó a cansar de esa rutina. Notó que estaba
repitiendo palabras, lugares, animales. Y por más que hizo un gran esfuerzo escuchando
otros relatos o simplemente mirando el fuego, acabó por aburrirse. El día que
se dio cuenta de eso, sin embargo, no fue un día triste. Todo lo contrario. Se
levantó temprano y se fue al río a darse un buen baño. Luego de pescar, se
sentó en el nuevo balcón de su hogar para observar a su alrededor aquel verde
más luminoso que nunca. Preparó como lo hacía habitualmente su mochila, sólo
que esta vez no sólo llevó comida para el viaje sino que cargó flores, pieles,
adornos. Y así viajó para Nista.
Como
cada noche, la gente se apostó a escuchar su nueva historia. Entonces Pipo se
levantó y le fue haciendo un regalo a cada uno. Todos recibieron el suyo. Una
vez terminado el reparto se aprestaron, ahora sí, a escucharle. Pero Pipo los
sorprendió una vez más. Tomó su mochila, la cerró, les saludó y se fue. Dicen,
que a construir una nueva casa.
Bachicha
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