lunes, 21 de enero de 2013

“Alternati-vas-haciendo”


La crítica como nosotros la entendemos es quizás solo la manifestación de los puntos flacos o a mejorar que podamos tener ya sea planteada en nuestro propio espacio interno del programa, o también de parte de nuestros escuchas u oyentes. Y aquellas devoluciones que puedan hacernos hacia algunas de nuestras manifestaciones dichas en forma espontánea y abierta son siempre bien recibidas. Sabiendo que no todo lo que decimos lo elaboramos, ni tampoco creemos que ello esté bien.

Hacemos un pequeño trabajo muchas veces para dar inicio a la conversación y como disparador de ideas y después tratamos de volar con el pensamiento. En esto de la radio, que es como ir pensando en voz alta.

La intensión simplemente es generar inquietudes positivas, como las que tenemos acá, de buscar, indagar, curiosear, escudriñar en cualquier campo en donde podamos aterrizar nuestra atención como así nuestro interés.

Hemos hablado sobre ciencia, sin ser científicos; hemos hablado de filosofía, sin ser filósofos; hemos hablado de política, sin ser políticos; de problemas sociales, sin ser sociólogos y creo que esa va a ser la dinámica no porque descreamos de estos campos de estudio, sino porque también podemos hablar en cualquier campo. Teniendo claro que no tenemos campo. Y además sabiendo que nuestro conocimiento va a ser limitado y con el respeto por los demás, asumiendo que no nos atribuimos la razón ni la verdad sobre nada.

Mientras podamos mantenernos con este rumbo bárbaro. Y si algún día no nos sentimos a gusto haciendo esto, seguiremos en otra cosa como estábamos antes de incorporarnos a este espacio sin problema ninguno.

Hablamos solo del pensamiento y como nuestro personaje central en la figura de Robert Owen, se desenvolvió y desarrolló su prédica y su accionar. Y si trajimos a otros para confrontar con la suya, fue solo para dejar entrever que la historia se va construyendo así. Constantemente y en ese momento histórico fermental de grandes cambios hacia el futuro ni que hablar, que la confrontación era en esos términos muy dura, en la expresión, en la descalificación y también en la acción de la vida misma.

Nosotros fuimos recorriendo la historia hacia atrás en el movimiento cooperativista hasta llegar a Owen pero la historia de lo cooperativo en el hombre se remonta quizás hasta los orígenes de nuestra conformación, sino el hombre sólo, aislado, no hubiera podido sobrevivir.

Por ello hablamos de lo cooperativo en lo económico como modelo alternativo al capitalismo de las actividades privadas y particulares. Donde las personas que trabajan en los distintos emprendimientos puedan también desarrollarse y no ser solamente un instrumento de riqueza para unos pocos.

Entonces hoy vamos a hablar del cooperativismo como emprendimiento económico, con sus reglas, sus estructuras y abierto a que pueda seguir evolucionando, sin ligarlo rígidamente o asfixiarlo con un complejo de leyes y estatutos en donde quede librado al conocimiento solo de expertos o técnicos. Sino por el contrario, en donde la dirección y la acción formen parte de todos los integrantes de ese colectivo.

Tincho.

miércoles, 2 de enero de 2013

JUZGADO


La escalera tiene exactamente veintidós escalones.

Los rasgados ojos de un niño persiguiendo geométricas señales en la diminuta pantalla de un juego electrónico.

Pequeños paseos sobre el frío piso de baldosa.

Delgados hombres y rústicas mujeres llevan su oficio por los pasillos, esperando una respuesta.

El rítmico sonido de una perseverante máquina de escribir, deduce cada tanto los suspiros de su dueño.

Pequeños pocillos de café resistiendo el olvido: agotadas neuronas en suspenso.

El estrado del miedo es un abismo agarrándose en el borde de la fe. Nadie está a salvo.

Sus vecinos los mirarán con mala cara. Pintarán su casa con espejos.

Su honra tendrá para siempre el tamaño de la duda y un solo pilar: su vida.

Deambularán por la calle, taciturnos, en un estrépito de voces huecas.

El bullicio se paraliza un instante. Sólo un susurro penitente esperando su condena.

Bajo solemnes cuadros se declara la justicia. Pero las palabras huelen a eufemismos, a paradojas, a excusas en silencio. Es el estilo.

Al final no habrá ni jueces ni verdugos. Sólo una mancha en un papel fundido. Y escarmiento.

Con manos grises se espera la sentencia. Como el peso del pasado o de los gritos. Con la clara sensación que en el cadalso, todos los muros ocultan primavera.

 
                                                               Bachicha

 

EL ROBO


Soy un escapista, un duende, un simulacro. Nada de esto es rigurosamente cierto, ni siquiera parcialmente. Sólo las sombras, lo casi todo, lo intangible. El infinito espacio entre palabras, los millones de malabares entregados al olvido. Si apenas fuera apreciable la memoria… Pero nada de esto es cierto, ni siquiera parcialmente. Si lo fuera, debería aceptar que estoy en lo cierto. Y eso es imposible. No hay certeza alguna que pueda controlar una palabra. Estrellas, estrellas diminutas, esparcidas en un vuelo incinerado por el tiempo. Me gustaría aceptar que estoy aquí, imitando mis formas. Pero no podría hacerlo. No soy dueño siquiera de este engaño. Hay demasiados responsables de este infierno. Nada de esto es cierto, ni siquiera parcialmente. Entonces beberemos pesadillas.

-         Philip! Podría sostenerme en este enredo! Clama la reina, mientras eriza su piel con un estreno. Philip! Es tan bello este parque, esta luna, ese plebeyo. Repite la reina, esperando que ese eco construya su memoria.

Soy un escapista, un duende, un simulacro.

No tengo el honor de ácidos livianos, que aligeren esta carga de certezas. Esta verdad evaporada sobre una montaña de cenizas.

Aplaudamos a la reina: ella a dicho “vivamos sin miedo”! mientras sus labios feroces, besaban la reja con espanto.

Y yo intento, juro que trato de explicarlo todo. Pero nada de esto es cierto, ni siquiera parcialmente. 

Niños aleteando llamaradas, abuelas vestidas sin tropiezos, minúsculos  hombrecitos sacudiéndose en su puño, escenas que quisieron ser heroicas, atrapadas en la sombra de una mordaza eterna.

No soy más que un escapista un duende, un simulacro, intentando entregarme a los compases, repitiéndome, sin cesar, el ritmo de la cuerda en cada salto. Pero es imposible. No hay forma de evitar ese tropiezo, los escasos segundos de agonía, la confianza fugaz de algún triunfo. Siempre la cuerda, los gatillos, los abrazos. Nunca el silencio.

Nada de esto es rigurosamente cierto, ni siquiera parcialmente.

Cuál es la escena final de este diseño? Un grito? Un eructo? Una estampida?

Y si fuera que al final no hay un abrazo? Si tuviéramos que dejarlo todo? Si no valieran la pena los aullidos?

Me voy, me voy a ir. Es preciso una marca, una esquina, un cierto suceso que nos haga nuevos. Por qué pedir permiso? Para que negarlo. Adoro esa textura agridulce del retiro.

Me voy. Quién va a extrañarme. Soy apenas un escapista, un duende, un simulacro, que pretende descubrirlo todo. Y supongo que es demasiado tarde para construir nuevas palabras. Y además para que hacerlo. Nada de esto es cierto, ni siquiera parcialmente.

Respira

Mejor será seguir las luces, el camino veraz de los que creen, la sapiencia perenne de los justos.

Y si fuera apenas un capricho? Si los rostros no auguran primavera? Si la paciencia tuviera otros efectos?

Es preciso imitar! dijo la reina, con la voz herida del insomnio. No hay un camino! No hay un camino. Hay un mar de voces al ocaso, hay un millón de voces, al poniente. Aligera la carga que un demonio, vendrá por fin a llevarnos al naciente.

Menos mal me digo, y me respondo, que nada de esto es cierto.

Ni siquiera los días que no han sido, los oscuros presagios del encuentro.

Respira y se para

Pero entonces, quién viene? Y si no fuera nadie?

Va hacia el público

Y si esto fuera en verdad un simulacro. A quién llamarías, a quién le dirías te quiero, a quién dirías te perdono, a quién, sin siquiera sentir los pies, los olores, los lamentos. Cómo mirar a los ojos? Cuándo fue la última vez? Cuándo fue que descubriste que era tarde? Cuándo fue que tardaste en darte cuenta cuándo?

Pasa entre la gente

Pero qué calle es ésta? No, no hay nada de que preocuparse. Nada de esto es cierto, ni siquiera parcialmente.

Mira a los ojos a alguien

Soy un escapista, un duende, un simulacro.

Grita, mirando hacia arriba

(explica) Estaba aquí … no lo se …. No lo se

No (explicando hacia la gente), no se preocupen, aún no es tiempo de los justos. Para eso falta tiempo. Faltan las culpas, las lágrimas, los besos, las culpas, las lágrimas, los besos, faltan las culpas….

(vuelve al escenario)

Aquí, si, creo que aquí (va mostrando cada espacio) Aquí hubo un sol,  un aljibe, una abuela, un cuaderno (duda) aquí estaba el aljibe, el sol, la bicicleta, si, la bicicleta estaba colgada aquí, junto a la parra. Más allá las caricias (se acerca, se recuesta) Si, acá estaban las caricias (llora, en posición fetal). (se para de repente, se seca las lágrimas). Pero no, no se preocupen, nada de esto es cierto, ni siquiera parcialmente.

Ayer acá, estuvieron, le vaciaron todo, pobrecita. Y claro, nadie vio nada, nadie escuchó nada. La nieta, me dijeron, escuchó todo. Pero estaba haciendo…. en fin … lo de siempre. (se da vuelta de repente) ¡Les dije que se callen! (volviendo al público) Y bueno, la chica está perdida. Nooo, no sabe lo que hacer. Si hasta hace poco … (se acerca y susurra) le robaba pastillas a la madre. Pero esto no es de ahora, eh. De niña ya se veía que tenía el diablo en el cuerpo (vuelve corriendo al lugar donde lloró, se pone en esa posición y vuelve a llorar. Se levanta rápidamente y vuelve dónde estaba. Se ríe)

Rejas y un perro, eso es lo que hay que tener! Y policías! Sino, parece que te tomaran el pelo

(se calla, escucha unos segundos) Ese es el tren, lo se porque el piso vibra. Se siente, si (apoya el oído en el suelo y aumenta el volumen de los latidos. Se sienta, baja el volumen de los latidos)

Me voy, debo irme. Soy un escapista, un duende, un simulacro. Nada de esto es rigurosamente cierto, ni siquiera parcialmente. Si lo fuera, alguno de ustedes, lo sabría.

Bachicha

 

 

LOS CUENTOS


Cada noche, en el pueblo de Nista, la gente se reunía a compartir sus relatos. Hombres y mujeres, ancianos de largas barbas, al culminar sus tareas, formaban una ronda para que todos pudieran escucharse. Los niños iban y venían con sus huesos y sus bolitas, sus gritos y sus muñecos de trapo, y solían integrarse sólo cuando algo les llamaba la atención.

Así transcurrían los días en Nista. El sol iluminaba el trabajo y el aceite encendido, la fantasía.

A veces, la señora Agatha tenía que cuidar a su bebé, o el señor Ramírez terminar de arreglar su sillón o su linterna, por lo que debían quedarse en casa. En esos casos siempre había alguien al día siguiente dispuesto a acercarse a los ausentes para recrearles los cuentos más jugosos. Y realmente los recreaban, porque a los originales, les gustaba agregar algo de sus propios sueños.

Nista se fue llenando entonces de creadores que en cualquier esquina eran capaces de inventar alguna historia para entretener a los amigos, a los niños, a los forasteros, quienes enterados de las cualidades de estas gentes, comenzaron a frecuentar el pueblo. Cada día los habitantes de la región se despertaban ansiosos de nuevas aventuras y al caer el sol, aunque algo agotados de sus tareas diarias, volvían a la plaza con la misma inquietud del día anterior.

Lo más hermoso era que jamás quedaban insatisfechos. Pues efectivamente, si a alguien no le conformaba el cuento anterior, no tenían más que pedir la palabra e inventar el propio.

Así era la vida en Nista.

Un día como cualquier otro, Pipo, el hijo del viejo Ruano, empezó a integrarse a aquellas rondas. El joven, que había abandonado hacía algún tiempo la casa paterna para irse a vivir al bosque, se sentaba junto a sus mejores amigos y, como solía hacer desde niño, escuchaba atentamente. Escuchaba y tomaba café. Eso hacía Pipo cada noche.

Hasta que una vez se decidió a hablar. Pero en lugar de cuentos, Pipo se dedicó a relatar las cosas que veía en el bosque y las novedades de la casa que estaba haciendo. Esas eran sus historias. Un día imitaba el sonido de un pájaro, al que le había puesto su propio nombre, otro día corría como los osos y otro, les confiaba de qué manera había elegido la orientación que tendría la casa.

Sus relatos siempre eran sorprendentes, porque aunque no hablaban más que del bosque o de la casa, todos empezaron a descubrir los infinitos detalles que puede poseer cada cosa. Y así las puertas tienen sus pestillos, sus bisagras, sus cantos, sus maderas, y cada parte viene a su vez de una familia, de su propia fábrica. Y además, cuando esos pedacitos se reúnen pueden sonar, verse o utilizarse de forma diferente.

Algunos hombres, que ya sabían todas esas cuestiones o creían que las sabían, empezaron a aburrirse y a comportarse como niños, yendo y viniendo de aquí para allá. Mientras que los niños, ansiosos por conocer los secretos que Pipo iba descubriendo, le pedían más y más. Y el muchacho no hacía otra cosa que complacerlos, porque a él también le gustaba ordenar sus pensamientos y sus experiencias.

Cada día creaba un nuevo rincón. Llegó un momento en que ya no sabía si lo hacía porque le servía o por su propio gusto, o simplemente para satisfacer la curiosidad de sus oyentes. Extraños artefactos, techos inclinados, raras formas acanaladas, exóticas maderas o pinturas. Su día era sencillo. Por la mañana salía a procurarse el alimento, cazando, pescando o simplemente recolectando frutos, a los que examinaba exhaustivamente. Por la tarde a construir (salvo los lunes en que se dedicaba a observar la naturaleza) y a la noche o iba al pueblo, o si estaba muy cansado se tiraba a dormir a pata suelta.

Pero así son las cosas y una vez Pipo se empezó a cansar de esa rutina. Notó que estaba repitiendo palabras, lugares, animales. Y por más que hizo un gran esfuerzo escuchando otros relatos o simplemente mirando el fuego, acabó por aburrirse. El día que se dio cuenta de eso, sin embargo, no fue un día triste. Todo lo contrario. Se levantó temprano y se fue al río a darse un buen baño. Luego de pescar, se sentó en el nuevo balcón de su hogar para observar a su alrededor aquel verde más luminoso que nunca. Preparó como lo hacía habitualmente su mochila, sólo que esta vez no sólo llevó comida para el viaje sino que cargó flores, pieles, adornos. Y así viajó para Nista.

Como cada noche, la gente se apostó a escuchar su nueva historia. Entonces Pipo se levantó y le fue haciendo un regalo a cada uno. Todos recibieron el suyo. Una vez terminado el reparto se aprestaron, ahora sí, a escucharle. Pero Pipo los sorprendió una vez más. Tomó su mochila, la cerró, les saludó y se fue. Dicen, que a construir una nueva casa.

 

Bachicha