Wilson,
es un trabajador independiente. Cada mañana lo cruzo cerca de mi casa.
Su
bicicleta y su carro, así como un trozador, es lo que necesita para su trabajo.
Cosecha
piñas en el monte, también corta leña de acacia, que ordena y clasifica con
suma prolijidad en pequeños paquetes para su comercialización.
Todo
el día pasa en el monte, y a la tarde lo veo salir con su carro cargado,
tirando del mismo. Como una hormiga solitaria doblando el peso de su carga, al del suyo propio.
Sé
que viene de bastante lejos, porque lo he visto por lugares muy distantes.
Pero… no conozco el hormiguero.
A
veces imagino otros Wilson llegando de distintas direcciones, con sus carros y
sus cargamentos serpenteando los caminos, contentos con la jornada para llegar
a su casa, tomar unos mates y seguir con alguna otra tarea.
Para
quienes anden por avenidas y autopistas, montados en autos y corriendo como
pilotos enloquecidos sin metas ni propósito. El cruzarse con los Wilson, no
solo adquiere la idea de fugacidad, sino que también puede llegar a ser un estorbo,
un obstáculo o cartel al costado de la asfaltada carretera. Un algo sin nombre,
sin historia. Quizás el vestigio de alguna realidad paralela de “otro tiempo”,
pero ya dejado muy atrás.
Los
“Wilson” se han multiplicado, silenciosos, sin mucho ruido.
Como
seres que saben de su propósito, recorren por acá y por allá. Llevando y
trayendo sus cargamentos.
El
otro día mientras iba yo también tirando de mi carro. Sentí que algo de Wilson
iba conmigo. En mis piernas, en mis brazos. Alguna fuerza había tomado el
dominio. Mi cabeza, en cambio iba unos metros mas arriba. Sintiendo el viento,
el olor de los pastos, los arbustos en primavera. Mirando los ojos, las bocas
de las personas. Sus gestos. Sus conversaciones solitarias. Las muecas.
También… algún comentario de aliento dicho como al aire.
Es
así amigos… la revolución silenciosa.
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