Llego a
su casa cansado y contento. Puso agua a calentar para preparar un mate, abrió
las puertas que daban al fondo para hacer correr el aire que aun guardaba olor
a comida y encierro. Recorrió con la mirada el jardín repasando en cada uno de
los árboles.
Estaban a
comienzo de la primavera y todos los días era visible el milagro del cambio que se producía en ellos.
Era una
tarde iluminada con un sol tibio y coloreaba todo el paisaje de un amarillo,
que daba al conjunto un carácter sereno y cuasi religioso como esa luz que se
trasluce por los vitreau de una iglesia.
Tomo el
sillón, los enseres rituales que acostumbraba para esos momentos, el libro que
estaba leyendo. Se sentó abrió el texto y se dejó llevar.
Al otro
lado del televisor estaba Alfonso, sentado al costado de la estufa. Mirando
para sus adentros con la mirada perdida, pensando…
¡La
pucha! Dijo…
Volvió la
mirada mientras desde el televisor el informativista repasaba como en un cuento
las supuestas imágenes que se habían sucedido.
Las
cámaras mostraban varios objetos desparramados y volvía una y otra vez sobre
aquel charco de sangre que había quedado como prueba irrefutable de los
forcejeos que se dieron en aquel lugar y de la forma violenta como había
concluido el incidente.
Alfonso
conocía perfectamente ese lugar, lo frecuentaba casi a diario.
Un
pequeño almacén de parroquianos. Dos o tres mesas, algunas sillas ya al borde
de caer vencidas por el peso de los años. Y un mostrador antiguo que marcaba el
límite de los territorios. Al otro lado Pedro quien se encargaba de servir los
elixires del lugar, oficiaba en sus múltiples mutaciones como a la manera de un
teatro unipersonal, encarnando varios personajes.
Levanto
la mirada como para tomar distancia de la lectura. Carraspeo un mate y dio
vuelta la página.
Alfonso,
que aún no atinaba a hacer algo. Repasaba en su mente las últimas imágenes que
le venían a la memoria. Como en una catarata se proyectaban una a una como
diapositivas.
Tenía la
certeza de que tenía que actuar, pero no sabía cómo.
Se cambió
de calzado, tomo la bufanda, una campera de esas infladas que se usan ahora, su
boina y salió a la calle.
Todavía
no tenía un circuito armado. Así que lo primero fue ir hasta el lugar donde
había sucedido el homicidio.
El bar
estaba a unos diez minutos de caminata.
Así que
como quien se da cita a un velorio cargo algo del espíritu serio y respetuoso
que se usa para tales circunstancias.
Le
extraño no encontrarse con alguien conocido en el camino. Que lo parara y le
preguntara. ¿Viste lo que ocurrió en el bar de Pedro? Y ahí zas! Un lote de
supuestos. Que estuve con él esta mañana… los consejos. ¿Cómo estas acá tan
solo hasta tarde? Mira lo peligroso de la calle. No escuchas los informativos…
y cosas por el estilo que la gente suele decir en tales casos.
Cuando
estaba ya a media cuadra y vio el bar, se sorprendió no ver las sirenas o luces
destellantes de la policía. Ningún grupo de personas reunidas a la puerta
comentando el incidente o tratando de acercarse a las cámaras de televisión.
Buscando estar ellas en algún pedacito de la realidad que se daba todos los
días en aquel mundo paralelo. Porque era difícil no preocuparse por imágenes en
donde a diario volaban autos y se ametrallaban a personas. Y minutos después el
informativo pretendía que la gente se sensibilizara con lo que le acontecía a
otros. Y donde personas y personajes se mezclaban como en un video juego
macabro.
Llego
hasta la puerta, tanteo el pestillo y entro al bar. Miro al mostrador.
-¿Buenas
noches?… dijo Pedro. Y apareció desde un costado. ¿Qué andas haciendo a esta
hora?
Ya estaba
por cerrar. Pero…¿Qué te pasa? Tas blanco de cara. ¿Te sirvo una cañita? Y me
vas soltando esa lengua. Que a juzgar por los ojos parece que estás viendo un
finao.
Sintió
que golpeaban las manos. Y una voz que lo llamaba por su nombre.
Cerró el
libro con el marcador, puso el mate sobre la mesa y se levantó de su silla.
Cuando
llego hasta el portón. Vio que era una vecina que con aire preocupado lo
interpelo.
-¿No
escucho la noticia?
-¿Cuál
dijo él?
-Lo que
paso acá a la vuelta, en el almacén.
Dos
personas a punta de revolver asaltaron el almacén. Y parece que le pegaron tres
tiros al Cacho.
¡No sé a dónde
vamos a parar!
Ahora
estaban los de la televisión. El rubio ese de pelo largo… ¡el Nano! Yo voy para
ahí…
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